jueves, 19 de abril de 2018

Rendirse no es una opción (o La última y nos vamos)


 Juan Carlos García Valdés


Con esta entrada (#100) damos por finalizado el blog y qué mejor forma de ponerle la guinda al pastel (¿o cereza o uva o papaya?) que entrevistando a una de las personas que más admiro en este mundo: mi amiga Denise Arzate Arriaga (en otros mundos, todavía no sé muy bien a quién admiro; sería interesante investigar, pero aquí la admiro a ella).


El punto en común: el alemán

Conocí a Denise en el lejano 2009 cuando ambos empezamos la carrera de lenguas. Los dos teníamos algunas cosas en común, pero lo que, me parece, nos unió más fue que ambos (cada quien a su manera, como dice la canción) estábamos aprendiendo alemán.

Un buen día, Denise me dijo que terminando segundo semestre se iba a ir un año a Alemania. “Espérame un año Juan Carlos y, cuando regrese, seguimos la carrera juntos”, se atrevió a proponer. ¡Y qué bueno que no le hice caso porque todavía estaría esperando para reinscribirme! La condenada, dicho con mucho cariño, lleva más de ocho años por allá y de eso versa esta tertulia: de sus experiencias, de sus logros, de sus anécdotas y, por qué no, también de sus momentos difíciles en el país de Goethe, las salchichas, la precisión y el orden.


Tan pronto como empieza la plática…

…nos damos cuenta de algo: por más que seamos excelentes amigos, esta es la primera vez en esos ocho años que hacemos una videollamada. ¿Es necesario, me pregunto, desaprovechar tanto a nuestras amistades? ¿De verdad no hay tiempo a lo largo de casi 3,000 días como para hablar aunque sea una hora? No lo digo, por supuesto, como reclamo a mi entrevistada de lujo, sino como reflexión para ver si ya no me vuelve a pasar.

Tan pronto como empieza el diálogo también me doy cuenta de otra cosa. Ser entrevistador con Denise es fácil, créanme, puesto que con tan sólo una pregunta nos bastó para más de 40 minutos (bien pudo haber sido la entrevista uni-cuestión, pero mi curiosidad pudo más y sobre todo lo mucho que sabe y ha vivido nuestra interlocutora).


El primer año de Denise en Alemania

Recién llegada a la única e inigualable Deutschland, Denise se dedica al au-pairismo y admite lo siguiente: “El primer año no aprendí mucho”. Se refiere al idioma alemán. Su mayor contacto es con gente que habla inglés y dado que en Alemania la mayoría, sino es que todos, hablan la lengua del obladi-oblada life goes on bra, pues la situación parece ir viento en popa.

“Yo pensaba que me quedaba un año y me regresaba”, dice nuestra entrevistada. No obstante, todo esto cambia cuando decide que buscará quedarse en los dominios de Angela para estudiar su licenciatura (¡no importa que Juan Carlos se espere cinco o diez años para reinscribirse!). Es ahí, cuando todo toma otro cariz. “Cuando hice el examen para la universidad fue cuando me di cuenta de lo que me faltaba”.

Si quería ingresar a la uni, Denise debía tener un nivel C1 y por lo menos B2 para comenzar el curso propedéutico, pero los resultados no fueron nada alentadores: “Fui a una escuela privada para hacer el examen y saqué un nivel B1 de panzazo. Fue ahí donde me cayó el 20” (¿por qué se dirá el 20 y no el 22 o el 28.5?)


Rendirse no es una opción

Denise decide que lo va a lograr y se pone a estudiar y a repasar como si no hubiera mañana (así como muchos de mis alumnos y lectores… ajá, sí, cómo no… ¿y su nieve?). Va a un curso intensivo. Cuatro horas todos los días. “Me quedaba un mes para tener nivel B2”. Se compra un libro de preparación que habla sobre lo que se tiene que hacer para tener dicho nivel. Redacta un texto todos los días y pide que alguien se lo corrija. Se aprende las reglas gramaticales y no les voy a decir lo que pasó porque prefiero que sea ella misma quien se los diga: “En el mes que me quedó, de alguna manera lo logré”.

Apreciados lectores, ¿no podrían acaso hacer lo mismo con su inglés? Fijarse una meta y darse un plazo de un mes. Si están en A1, tienen un mes para llegar a A2; si están en A2, tienen uno para llegar a B1 y así sucesivamente. A veces no faltan metas, sino plazos, deadlines, puntos de no retorno.


Apenas un paso de muchos

Denise nos cuenta que llegar al nivel recién mencionado fue sólo una de tantas etapas por las que tuvo que transitar. “Empecé el curso en octubre, de lunes a viernes, cinco horas diarias. Antes tuve que ver cómo pagarlo. Tuve que ahorrar. Los demás cursos son gratis, pero este no. Si no paso este examen este semestre, es mi última oportunidad. O lo paso o me despido de Alemania”.

Esto hizo que Denise se comprometiera todavía más. “La verdad sí era pesado. No era una clase divertida. Te enseñaban todo lo que no sabías: escribir de manera científica, leer textos de investigación. Te entrenaban mucho con las lecturas y que te fueras acostumbrando a escuchar a alguien hablar durante una hora y media en alemán. Te enseñaban a discutir y a defender tus puntos de vista. Teníamos que opinar sobre lo que pasaba en las noticias”.

El curso duró de octubre a finales de febrero y después nuestra entrevistada hizo su examen. Dos semanas después le daban su resultado. “Esos meses fue cuando más aprendí. Me hice el propósito de dejar de hablar con todos en inglés. Lo que me ayudaba mucho era ver películas que ya conocía, en alemán con subtítulos en alemán”.

“Recuerdo”, dice Denise, “que al principio, cada vez que entregaba mi escrito, me lo regresaban con todo rojo y después se fue viendo menos rojo y menos rojo, hasta que al final ya sólo habían dos cosas que corregir”. El resultado de todo esto: “Pasé el examen en el primer intento”.

¿Y ustedes, apreciados lectores, cuántos rojos han recibido últimamente?


 Siguiente etapa

“Ahora había que ver si me aceptaban en la universidad. Tenía seis meses para ello. Hice el proceso en dos universidades de Colonia y en las dos me aceptaron. Ya que supe, yo era la más feliz del mundo”.

Sin embargo, no todo iba a ser downhill from there. “La primera semana en la universidad fue otra cubetada de agua. Fue difícil acoplarme a estudiar en Alemania. Los términos de neurología (Denise estudió terapia del lenguaje), por ejemplo, eran los que más me costaban. El diccionario se convirtió en mi mejor amigo”.

Llegó el momento del primer examen y ella se preparó como nunca antes. “Me hice una respuesta imaginaria. Para que no me faltara ninguna “n” ni ninguna declinación. Cuando llegué al examen, sin embargo, sí eran los temas, pero no había ninguna de las preguntas que me había imaginado. Me dio tanto pánico que me bajó la presión. El examen se trataba de que dieras una opinión. Era, en otras palabras, examen del tema y examen de mis cualidades para escribir en alemán. La primera pregunta estaba difícil. Me dije: <<bueno, vamos a pasar a la siguiente hoja, a la tercera, a la última, no, pues nada>>. Me levanté, entregué el examen en blanco y dije: <<nunca voy a acabar esto, no sé para qué me metí>>. No pasé el examen”.

“El clima, nevaba, todo era deprimente. Nunca lo voy a pasar, nunca voy a acabar. Yo me conformaba con pasarlo”, cuenta Denise. “Eso de sacar buena calificación se quedó en la última de mis prioridades. El primer semestre pasé cuatro materias y tuve que repetir dos. Y entonces me hice una promesa: O pasas todas o ya dejas de perder el tiempo”.

“Me la pasé estudiando todas las vacaciones”, continúa. “Tenía prácticas en el consultorio y poco a poco dejé de tener miedo de hablar. Encontré otro trabajo en el que sólo hablaba en alemán. Me compré muchos audiolibros. Me compré libros que yo ya conocía, en alemán. Para mi vocabulario me ayudó, precisamente, leer libros que ya conocía o ver cosas que ya conocía. Anotaba muchas maneras de escribir una conclusión o frases que pudiera usar en trabajos de investigación. La clave era no hablar en otro idioma que no fuera alemán”.

“Con el paso de los semestres fui mejorando. Lo que yo estudié no es difícil. No es como estudiar mecánica o física. En realidad son pocas las cosas que te tienes que aprender de cajón para hacer tu trabajo. Lo demás es creativo. Mi shock era el siguiente: a un amigo le da lo mismo que diga tres cosas mal de diez, pero ya como terapeuta del lenguaje, eso significaba mucha presión”.


Breve paréntesis y una disculpa

Entre más avanza la entrada menos me meto en lo que dice Denise. Lo siento. Han de pensar que así mi trabajo de bloguero es bien fácil, a piece of cake, como quitarle un dulce a un niño o una final al Cruz Azul, pero es que lo que dice nuestra guest no tiene desperdicio y no quiero que se pierdan de nada, absolutamente de nada. Estoy convencido de que una frase de Denise puede ser el despertar de algún lector, el hecho de ver que, a pesar de las dificultades, se puede avanzar y se pueden conseguir las metas que uno se propone. Por eso yo, esta vez, calladito me veo más bonito (aunque yo siempre me veo bonito jajajaja).


El cambio

Denise señala lo siguiente: “Mi problema fue en los primeros dos semestres, que fue cuando tuve a los maestros más exigentes”. En aquel entonces, agrega, “me gustaba mucho ir a las clases de la Facultad de Medicina porque ahí es donde los términos eran más parecidos al latín”.

La viajante por excelencia (conoce medio mundo, se los aseguro) nos cuenta que algunos de los exámenes eran en el auditorio. “Te proyectaban la pregunta por 45 segundos y luego tenías 45 segundos para anotar tu respuesta. <<¿Y si no entiendo una pregunta?>>", es algo que le preocupaba a mi amiga. Como no era nativa del alemán, le permitían hacer los exámenes con un diccionario. Y me comparte con gran alegría: “Me di cuenta de que no tuve que usar el diccionario una sola vez. Ahí empezó a mejorar mi autoestima. Me relajé”.


La clave del éxito y del progreso

Es en esta parte de la conversación en la que siento que todas las lecciones que Denise nos ha podido brindar, que son muchas, se condensan en la que tal vez sea la clave más importante para mejorar en el idioma alemán, en el idioma inglés y probablemente en casi todo lo demás, incluida la matatena y la escritura de blogs que nadie lee: “Me relajé”, reitera. “Si no me entendieron lo que dije, pues ya me preguntarán. Yo no soy nativa, bastante hago con ya hablarlo como lo hablo”, y esto obviamente se reflejó en sus calificaciones, que empezaron a ser buenas.

“Dejé de tener miedo de escribir algo mal. Me valió escribir al revés, al derecho, pero intentaba escribir todo lo que sabía. Dejó de preocuparme si era con doble “s” o con una. Me concentré más en el contenido que en la forma. No lo sabía perfectamente, pero era algo bien aprendido, con un par de faltas de ortografía. En mis presentaciones me sentía más segura de hablar”, dice mi amiga de Colonia.

Lo anterior me hace reflexionar sobre mis propios procesos de aprendizaje y, aún más, sobre el proceso de aprendizaje de mis alumnos. ¿Cuántas veces no nos hace falta relajarnos? Relajarnos para aprender y para disfrutar el proceso. ¿Cuántas veces no nos hace falta que nos valga un poco? El problema es que a menudo nos pasamos y termina valiéndonos mucho. ¿Cuántas veces no nos preocupamos de más cuando lo que de verdad deberíamos de hacer sería ocuparnos en practicar? ¡Es momento de abandonar la idea de la perfección y adoptar la idea de la mejora continua!


Au pairs

En la parte final de la entrevista le pregunto sobre su experiencia cuidando bebés y niños. Pienso en mis alumnas y en lo genial que sería que se fueran uno o dos años a Frankfurt, Karlsruhe o al famosísimo Vaihingen an der Enz a cuidar bodoques. Denise me dice que la au pair no tiene necesidad de hablar alemán y que con un nivel A1 (poder pedir en un restaurante, los números, etc.) puede ser suficiente. Sin embargo, ella recomienda que quien quiera irse a Alemania tenga un nivel de alemán superior a A1, especialmente si los bodoques ya están más grandecitos.

“Los bebés no hablan, pero no es lo mismo ir con niños. Ellos no van a decir: <<Ay, pobrecita, le voy a hablar lento o con las palabras correctas>>. Los niños no se tientan el corazón” y el problema es que (si no tienes un nivel aceptable) y “quieres poner una regla, pues no la puedes poner”.


¿Y su inglés?

Finalmente, me entra la curiosidad por conocer, ante tanto alemán en su vida, el estado de su inglés y me cuenta que también trabaja como redactora en línea (bueno, pues… ¿a qué hora descansas my friend?) y que ahí prácticamente toda la comunicación es en lengua inglesa. Aunado a lo anterior, sigue viendo películas en inglés y sus libros también los lee en dicho idioma. Además, “el contacto con mis amigos de Corea es en inglés” (¡ven!… ¡eso de tener amigos más allá de la colonia Sánchez funciona para los idiomas!)

No omito la historia de cómo consiguió el trabajo porque creo que extrapolando un poco, podemos llevarnos también una lección muy valiosa. “Un día”, dice quien por segundo nombre lleva el de Alejandra, “vi un anuncio de que se buscaba a alguien cuya lengua materna fuera el español y a quien le gustaran las compras en línea”. Mi amiga, por supuesto se reconoció de inmediato. “Si sabías de WordPress, eso mejoraba tus posibilidades”.

Ese mismo día se puso en contacto y aunque no tenía conocimientos de WordPress, hizo lo que cualquier persona del mundou modernou hubiera hecho: ir a YouTube y verse el tutorial. El problema fue que le agendaron la entrevista para el siguiente día y, como pudo, se las arregló para mostrarles que sabía algo de WordPress o que, al menos, tenía potencial. Por eso, admiro a mi amiga: porque ante los obstáculos y las adversidades se crece. “De alguna manera, me contrataron. Tal vez por mi creatividad”.

La lección WordPress podría ser, precisamente, esa. Si no saben algo en inglés, vayan a YouTube, vayan a WordReference o a Wikipedia o a cualquier otro sitio y busquen, indaguen, no se esperen a que sea su maestro quien les enseñe todo (yo y todos los maestros de este world también necesitamos tiempo para tomarnos una cerveza, para leernos un buen libro y para estar descubriendo nuevos filtritos en Snapchat, sobre todo esto último). A veces, por gusto o por necesidad, tenemos que ser t-shirts (¿o será teachers???) de nosotros mismos y en los idiomas esta habilidad es relevante y prácticamente inexorable (“¿y eso qué es t-shirt?” Respuesta: indaguen, indaguen, nunca dejen de in-dagar, incluso en su propio idioma).


Ya para despedirnos…

Denise se sincera y me suelta un “me gusta más tu blog que lo que escribías de teatro” y, la verdad, coincido con mi extraordinaria amiga, pero todo llega a su fin, no hay mal que dure cien años, ni blog mío que dure más de cien entradas, y es de esta manera en la que me despido de ustedes lectores empedernidos y lectores esporádicos, pequeña inglesita, Lesly y los pollitos, Paquillo, salsita Lc, la misma Denise, miss América K., entrevistados y entrevistadas, y de cada uno de los más de cuatro lectores que logré tener.

No es verdad, no fueron cuatro lectores, sino seis o no sé cuántos, pero bueno, ya vamos para las 18 mil páginas vistas y eso me tiene feliz; un pequeño paso para el hombre que escribe estas entradas, pero un gran salto si se toma en cuenta que antes mis ideas se quedaban en el cofrecito de los pensamientos.

Cuando le pregunto a Denise por qué le gusta más mi blog que mis obras, responde: “Porque hay más de tu esencia aquí que en lo que escribías antes”, y creo que es por eso mismo, amiga, que hoy pongo el punto final y me concentro en nuevas tareas y en nuevos proyectos: porque no quiero repetirme, porque ya he dicho lo que tenía que decir y porque lo he disfrutado tanto, tanto, que no quiero que me empiece a pesar.


Manos a la obra

Nuestra última entrevistada nos ha demostrado que con disciplina y con trabajo duro, muchas cosas son posibles. Para ella eso significó, entre otras cosas, aprender alemán y poder hablarlo muy bien. Y para ustedes eso podría significar aprender inglés y gozar de muchas oportunidades (becas, estudios en el extranjero, un mejor trabajo, viajar, etc.).

Si ya han pensado que aprender inglés es imposible, si ya tiraron la toalla o están a punto de tirarla, recuerden por todo lo que nuestra entrevistada de lujo tuvo que pasar, dense una oportunidad más y relájense. Dejen de verlo como algo aburrido o monótono o imposible y conviertan su sueño de aprender la lengua más hablada del mundo en algo real.

Espero que las palabras de Denise los motiven y los hagan reflexionar y también deseo que todas estas entradas, o algunas aunque sea, o una, o medio párrafo por lo menos, hayan contribuido a que su aprendizaje cambiará para bien.

¡Fue un placer compartir con ustedes estos poco más de dos años! ¡No dejen de aprender, no dejen de leer y no dejen de practicar!

Me voy. Punto final.

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jueves, 5 de abril de 2018

Las hermanas que se la pasaban hablando inglés, la au pair a la que le dieron el Mercedes y niños a los que les duele la nose


(Única entrevista en la historia de la humanidad que se fraguó en 2016, se realizó en 2017 y se publicó en 2018)

Juan Carlos García Valdés

A estas alturas del partido, nuestra entrevistada me debe odiar y no la culpo. “¿Para que fui a platicar con Giancarlo si este ni publica lo que hablamos?”, supongo que se ha de preguntar Belem Martínez, mi amiga quien, aquí entre nos, lo mismo habla inglés, francés e italiano.

La entrevista se llevó a cabo el 4 de enero de 2017, el día de los disturbios y saqueos más graves que se hayan registrado en la última década en nuestro país y antes de entrar de lleno al diálogo, les cuento un poco sobre los momentos previos al encuentro.


El día (que no fue normal)

El miércoles cuatro de enero de 2017 no fue un día normal. El país empieza el año con una mezcla de ira e incredulidad ante los gasolinazos, y el rumor de los saqueos y de la violencia comienza a circular por las redes. En varios casos, el rumor se torna real.

El miércoles cuatro de enero de 2017 no fue un día típico. Normalmente mi agenda está llena de clases, pero esta vez el momento estelar de la jornada es la plática que tengo con mi amiga de la Facultad de Lenguas, Belem Martínez. En mi oficina repaso las preguntas que le haré, pienso sobre aquello que quiero descubrir o confirmar y disfruto de esa calma faltante en otras latitudes de nuestro estado y de nuestro país.

No fue un día normal el cuatro de enero de 2017 porque cuando decido salir un momento de la oficina, una hora antes de la entrevista, e ir por un helado que calme mi antojo y, quizás, termine alimentando mi hambre, me encuentro no con la postal que me habían pintado mis contactos sobre aquel día, sino con una imagen, mucho más personal y seguramente mucho más triste. Me encuentro con un viejo tirado en la banqueta, sin que nadie se detenga a ayudarlo.

El viejo está ahí, como les digo, sucio de haber devuelto lo que se comió y débil ante la incertidumbre que causa la enfermedad súbita, pero, sobre todo, la enfermedad recurrente. Decido no entrar a la heladería y más bien regreso a la oficina, a escasos cinco minutos caminando. Ahí junto un poco de papel higiénico, meto dos botellas de agua en una bolsa y me dirijo nuevamente a la escena. El viejo sigue ahí y da tristeza ver cómo partes del país se pueden organizar para vandalizar, pero no para tenderle la mano a aquel que yace enfermo.

Cuando me acerco finalmente, él acepta inmediatamente el papel y se limpia. Su voz carece de la fuerza de aquellos que saquean, pero clama por ser escuchada, anhela las respuestas ante la ineludible vulnerabilidad que experimenta. La primera entrevista/plática del día no es precisamente con Belem, sino con el viejo de la calle Juárez. Cada cuestionamiento mío viene sucedido por uno de él. “¿Qué comió?”, le espeto y el después indaga: “¿Dónde podrían atenderme?”. “¿Qué tiene?”, “diabetes”, me dice. “¿Tiene familia?”, “¿Dónde vive?”, le pregunto y él no deja de atizar: “¿Por qué estoy así?”, “¿Por qué estoy así?”.

En los más de cuarenta minutos que estoy junto al enfermo, a veces hincado, a veces en cuclillas, es triste ver cómo sólo una persona se nos acerca para ver si todo está bien. Los demás ni sus luces. Yo quisiera quedarme más tiempo, yo quisiera que sanara enfrente de mí, pero sólo logro estabilizarlo relativamente. Si no me apuro, llego tarde para la tertulia con mi amiga Belem.


La entrevista

Los sucesos del día nacional y del día personal hacen que yo esté más sensible que en la mayoría de los días. Inmediatamente nos adentramos en los recovecos del inglés en la familia de mi amiga. “Mis hermanas y yo”, dice Belem, “estamos todo el tiempo hablando en inglés. Yo creo que al principio empezó como una broma para que mi mamá no entendiera”, lo cual me imagino perfectamente en esta gran amiga que sabe ser antes que otra cosa un cúmulo de sonrisas y un torrente de planes para bromear, molestar creativa y cómicamente, y reírse de las fallas del mundo, sin omitir las fallas personales y las del prójimo (o sea yo o quien sea que esté enfrente).

Su sentido del humor se alimenta todos los días de comentarios, chistes y frases que va recolectando y en el caso del inglés admite que la situación no es distinta. “Trato de tener mucho input”, dice.

Yo a Belem Martínez siempre la vi como a la amiga que no se cohibía y por eso me permito abordar con ella el tema que muchos de mis alumnos me plantean una y otra vez. “Queremos hablar inglés”, señalan, “pero nos da pena o miedo cómo nos voltean a ver”. La frase que muchos han pensado, aunque casi todos la nieguen, sale en la conversación: “Este nopal hablando inglés”, es lo que muchos piensan cuando ven a alguien intentándolo, esforzándose y tratando de perder el miedo, incluso en las cafeterías o en los restaurantes de nuestro país. Él busca ir venciendo sus temores y consolidar su práctica y, más de una vez, es presa de las miradas reprobatorias de otros comensales. Sin embargo, ante esto Belem parece tener el antídoto: “Llega el momento en el que ya ni te fijas cómo te ven”.

Me atrevo a pensar amiga que tal vez el éxito radique en esa peculiaridad que bien comentas: centrarnos en nosotros mismos, pero no de una manera narcisista, sino como si, inconscientemente, le otorgáramos un peso preponderante a nuestras fortalezas, por muchas o pocas que sean, y desdeñáramos sabiamente las voces de la duda, la negación, el odio y el resentimiento.


La au pair

Después de abordar el tema de la pena, de pronto surge el caso de una amiga suya que hace algún tiempo no sabía nada de alemán y que ahora radica en Deutschland  cuidando querubines. Sobre ella dice una de las traductoras más talentosas de mi generación: “Se fue hablando cero de alemán”. Con el dinero que le dan, su amiga se está pagando solita la carrera (estudia en línea) y pues a la afortunada, para que se mueva de un lado a otro, la familia alemana no le dio para pagar la pesera del amor versión bávara, sino nada más y nada menos que un Mercedes nuevo. ¡Qué bávaro, la verdad!

Hago aquí un paréntesis () para recomendarle a mis alumnas que no descarten la au paridad, incluso si su inglés no es bueno, si nunca han viajado o si por ello tienen que interrumpir sus estudios en la Mickey Mouse University de sus Dreams pues nunca saben si en las Twin Cities, en Sydney o en la Selva Negra de Baden-Wurtemberg será donde puedan encontrar la oferta laboral de sus sueños, al chico de sus sueños, su carro ideal o amistades internacionales que durarán toda una vida. Incluso si no parlan nada de nada, ni pichan, ni cachan, ni dejan batear, irse muy lejos (literalmente, no es mala onda) les ayudará “porque tienes que hablar porque tienes que hablar”.


Buenos maestros y malos maestros

Si Krashen dice que la labor del salón de clases es llevar al alumno al punto en el cual pueda empezar a usar el mundo externo con fines de adquisición (Principles and Practice in Second Language Acquisition), mi amiga Belem tiene muy clara la labor del docente: “La labor del maestro es motivar” y añade que “cuando te bloqueas, es muy gratificante tener un buen maestro” y me platica de uno de sus grandes maestros, de quien dice: “Hasta la fecha yo todavía me acuerdo de él”.

Coincido totalmente con mi amiga y pido a la Comisión Nacional de Derechos Infrahumanos, al Movimiento Naranja y a los Cenadores con “c” de “cenan mucho” (deberían de verme cómo le encajo el diente a los huaraches últimamente) de este país que se eleve a categoría de delito grave sin derecho a fianza el hecho de desperdiciar a un buen maestro.

Aquí en este país, “no obstante, más, pero, sin embargo”, como diría uno de mis ex maestros de la Facultad que amaba establecer el contraste en sus aseveraciones, si bien no calificaba para ser parte de la lista destacada, me parece amiga, no sé si coincidas, que al maestro cada vez se le respeta menos y se le valora también menos, lo cual es una tragedia porque nos lleva a una educación totalmente autómata en la que lo único que importa es el business y en la que, a menudo, la decisión más importante de toda la carrera acaba siendo si se arma el recorrido o si se potencia el huateque.

¡Cuántos alumnitos no hay que no pensaron ni una sola vez en toda su estancia universitaria, pero a quienes les terminamos regalando el título para no dejar, porque le echaron ganitas las últimas cuatro semanas! Y, mientras tanto, todos fingen: fingen las supuestas autoridades, la SEP, los padres de familia, los certificadores, los maestros mismos, los gloriosos revisores del copy-paste, los galardonados de nada y hasta los invitados a la ceremonia de degradación de la educación misma.

“Es tan horrible tener un maestro malo”, lanza Belem, y yo estoy nuevamente de acuerdo, aunque ahora agregaría que también es tan horrible tener un alumno malo y un plan de estudios malo y una brújula totalmente desviada de lo que se pretende conseguir con el acto educativo.


¡Madres… auxilio!

Ante esta realidad mediocre y caótica, se esperaría que fueran los padres y las madres quienes tomaran la batuta y condujeran a buen puerto la educación de sus vástagos, pero ahora nos enteramos de casos en los que los fathercitos y las mothercitas pus modernos y posmodernas dejan a sus bebotes en el coche para irse al antro, al barecito y al café de moda.

Belem es, a su corta edad, (en su momento le llegué a sacar tres años; ahorita no sé cómo esté la diferencia) una madre que se distancia por completo de las irresponsabilidades y que aprovecha su contexto multilingüe para que mi medio tocayo se vaya curtiendo en las lenguas extranjeras. Recuerdo una vez que los visité y durante todo el tiempo que estuve ahí, la tele siempre estuvo en lengua inglesa y los libros que uno podía hojear estaban en el idioma de las palabras largas que se habla a orillas del Rin y del Meno.

“Yo a mi hijo le pongo caricaturas en inglés”, dice Belem, “y también muchas canciones”, y aunque no falta el que lanza comentarios reprobatorios del tipo “Ay, estás educando a tu hijo bilingüe” (mueca incluida), la estrategia parece brindar sus frutos, pues su hijo ya se sabe los colores en inglés, muchos animales, varias partes del cuerpo y distintos números y, a veces, hasta se aventura a combinar los idiomas en oraciones que van más o menos del corte “me duele la nose”.

Belem acepta que prefiere que su hijo aprenda las cosas “primero en inglés”. Finalmente, señala, “en la escuela le van a hablar en español”, así es que ¿por qué no aprovechar el tiempo para que vaya avanzando en una lengua a la que la mayoría se resiste.

El hijo de mi amiga parece no verse afectado por esto:
-         
      Alles gut?
-          Sí.


Recomendaciones

Cuando le pido a la seguidora de los blues que me ayude con ciertas sugerencias para mis doce lectores (ya vamos mejorando), Belem nos da cátedra de lo que se puede hacer bien para avanzar lo más rápido posible (y miren que lo dice una gran aprendiz, así es que yo que ustedes paraba la oreja y aplicaba).

En primer lugar, la traductora de la nación amiga de Metepec hace hincapié en que tratemos de usar el idioma fuera del salón de clases y que, en la medida de lo posible, nos esforcemos por pensar en inglés.

De igual manera, y esta parte créanme que me encantó, nos insta a que usemos el vocabulario que conozcamos. “Lo que sepas, úsalo”, dice, y es verdad. ¡Cuántas veces no queremos ser Lord Byron para empezar a hablar, lo cual sólo limita nuestro potencial y nuestro avance!

Otro de los consejos de esta invitada de lujo es que practiquemos con algún tipo de situación específica. Así, acotamos y aprendemos de forma más rápida.

Algo que no debería de ser sorpresivo por como es Belem, pero que me toma un tanto desprevenido, es el hecho de que se remite a su práctica con múltiples acentos. “A veces hablo en sureño, a veces como negro, a veces británico y otras australiano. Eso sí. Jamás he estado en Australia”, dice. Y agrega, como si en su mente estuviera el deseo de abarcarlos todos: “¡Estados Unidos tiene tantos acentos!”.

Dentro de sus recomendaciones surgen programas que tal vez no sean los más puros o estilizados, pero que, como ella dice, nos permiten ver cómo hablan realmente los nativos del idioma inglés. Algunos de los programas que menciona son: 16 & Pregnant (la mayoría sureñas), Teen Mom e incluso Jersey Shore, en el que detecta chistes, frases y dobles sentidos.

Ya sea por su trabajo o por sus ocupaciones, Belem difícilmente ve los programas (“Sólo lo escucho; no lo veo”), lo cual hace que tenga un muy buen listening. “Mientras escuchas la tele o un podcast, entrenas tu oído”, remata.


Manos a la obra

Nuestra entrevistada del día de hoy se las sabe de todas, todas: como aprendiz, como madre y como traductora. Si queremos avanzar realmente, es preciso que hablemos en inglés la mayor cantidad de tiempo posible, sin importar si esto lo hacemos con nuestros familiares y amigos, dejar de pensar más de la cuenta en lo que opinan los demás sobre nuestro nuevo idioma, atrevernos a viajar y a tomar las oportunidades que se nos presentan, aprovechar a nuestros buenos maestros, influir positivamente en los hijos (si ya se les tiene), no limitar la práctica al salón de clases, usar lo que sepamos, acotar la práctica, divertirnos y tratar de recibir mucho input.

¡Cuántas buenas ideas y cuántas excelentes recomendaciones Belem Martínez! Simplemente alles sehr gut! Gracias amiga.

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jueves, 22 de marzo de 2018

Vancouver Reloaded


Juan Carlos García Valdés

El jueves 25 de mayo de 2013 mi teléfono suena. Apenas contesto, una voz que no admite pausas ni interrupciones me pregunta lo siguiente: “¿Estás interesado en una beca del gobierno del Estado de México para ir un mes a Vancouver, Canadá, a practicar tu inglés? Todos los gastos de traslado, hospedaje y clases estarán cubiertos por el propio gobierno. Además te daremos 20 mil pesos para que compres recuerditos y llaveros.

Mi respuesta es obvia: “No”.

“Pero tienes que decir que sí”, señala la telefonista.

“No, dije que no”.

“Bueno, te ofreceré algo invaluable. En ese viaje conocerás a Ingrid, Mayra y a Erick”.

La cosa así ya cambia: “Ahora menos”.

No se crean. La verdad es que el 25 de mayo no fue jueves ni el diálogo fue exactamente como lo acabo de mencionar, pero lo cierto es que el gobierno sí nos mandó a nosotros cuatro y a seis bodoques más a la tierra de Rosalia, por un mes y con todo cubierto, y ahora, a cuatro años y medio de haber engalanado con nuestra presencia a la Columbia Británica, me di a la tarea de contactar a ya saben quién (mis amigos Mayra, Erick e Ingrid) y preguntarles un poco por las secuelas del viaje.

Así las cosas, les mandé un cuestionario con tres ejes rectores: el primero preguntaba sobre las consecuencias mismas del viaje, el segundo sobre qué había sido lo mejor y lo peor de nuestra estancia en Vancouver, académicamente hablando, y el tercero sobre cuáles deberían de ser los requisitos a tomar en cuenta para seleccionar a los estudiantes que forman parte de estos programas.

¡Se graba!


Como diría Fox… ¿y yo por qué?

Empecemos de atrás para adelante y veamos qué tuvieron que decir nuestros amigos vancouverianos sobre los requisitos a tomar en cuenta para ser seleccionados. Pues bien, no me queda más que decir que se va a armar la gorda puesto que hay en las respuestas para todos los gustos y para todos los sabores.

Mi buen amigo Erick, persona inteligente, sencilla y leal donde las haya, se decanta por un enfoque inclusivo: “Sinceramente, creo que cualquier alumno con un nivel A2 debe recibir la oportunidad de estudiar inglés en el extranjero”.

Para Ingrid, a la que en el viaje llamaba best friend y que me alegró cada día canadiense, incluido ese en el que la paloma de Granville Island decidió hacer de las suyas sobre todo mi bello ser, comenta: “Creo que las estancias que paga el gobierno deberían estar enfocadas a practicar el inglés, y no tanto para aprendizaje; se debería hacer una evaluación enfocada a acreditar que se cuenta con los conocimientos básicos y dominio mínimo del idioma, considerar las calificaciones de los estudiantes seleccionados, y pedir el compromiso a los alumnos de traer resultados de la estancia, para que el viaje sea significativo”.

Mayra, nuestra muy apreciada amiga, experta de la danza y de la calidad humana, se sincera desde un primer momento y por eso siempre me ha caído bien. “Cuando leí la primera pregunta (<<Cuatro años y medio después de nuestro viaje, ¿qué tanto has avanzado en el inglés? ¿qué tanto lo practicas día a día?>>) solo me reí y por consiguiente las demás fueron un poco y mucho de lo mismo; esta experiencia fue una recarga de muchos sentimientos y para mí no es posible contestar como mis otros compañeros amantes del inglés; y si no son amantes, por lo menos, interesados en el idioma”.

“Me atrevo mejor a contarte”, continúa Mayra, “cómo fue que llegué a ser afortunada al obtener una beca equivocada. Como todos sabemos, para obtener una beca como primer requisito es tener un promedio elevado. (…) El primer requisito lo cumplía perfectamente, los demás como certificaciones o constancias que avalaran estudios sobre inglés no y sinceramente no sé cómo no hubo ningún problema”. 

Y aquí voy a retomar algo que me escribiste recientemente May: tal vez no hubo problema porque los directivos de tu escuela no tenían ni idea de las características del viaje: “En ocasiones como paso conmigo”, dice Mayra, “ni siquiera los directivos de departamentos escolares tienen idea de tu destino final, pues cuando llevé evidencia de la estancia se sorprendieron que hubiera ido a una escuela de idiomas y no de danza”. A ti te tuvieron que haber enviado a la Academia del Bolshói, pero eso habría sido triste, porque no nos hubiéramos conocido.

Si se cuenta con recursos limitados, lo cual es el caso del gobierno, la pregunta que surge es ¿cómo hacer la mejor selección de aprendices o usuarios del idioma? ¿Qué combinación nos da más beneficios? En este sentido, Erick expresa lo siguiente: “El factor determinante debe ser el promedio del alumno ya que refleja quizás no su coeficiente, pero sí una actitud responsable”.

Me imagino amigo que ¿aquí nos referimos al promedio de la materia de inglés o tomaríamos en cuenta el promedio general del estudiante? ¿Qué pasa, por ejemplo, con lo que señala Mayra? Ella, por lo que nos comparte, tenía un promedio elevado, pero su nivel de inglés le dificultaba comunicarse en muchos casos e incluso indica en un momento dado de nuestra comunicación: “Una vez estando en Canadá me sentía muy inferior a todos ustedes, porque no tenía idea de lo que me hablaban y pocas veces sabía qué contestar y con esto respondo a tu tercer pregunta: para mí, sí es indispensable estar empapada de este idioma si es que quieres ir a otro país y más si se te está dando todo el recurso económico, no al grado de dominarlo pero sí, por lo menos, un nivel básico y lo más importante es estar interesado por lo que vas a aprender”.

Créanme amigos que estoy entre la espada y la pared, tratando de tomar en cuenta uno y otro argumento, de hilar, de conectar y de no dejar a nadie fuera del partido. Y eso que toda la interacción fue por escrito y en línea; si nos hemos reunido, nos agarramos como El Piojo y Cristante y a ver quién nos detiene.


Mis alumnos proyectados a la potencia #100,000

No he sabido que mis estudiantes participen en el programa vancouveriano, pero algunos sí han solicitado ser parte de Proyecta 100,000 con resultados diversos. Están los que así se han ido a distintos puntos del País de las Barras y las Estrellas y están también los que lo han intentado varias veces sin que les hayan otorgado los recursos correspondientes.

En una parte de su respuesta, Erick dice: “Yo agregaría que para concluir la selección pidieran una evaluación psicológica: no de un estudio psicométrico que tome el alumno, sino a través de las observaciones de los maestros que han trabajado con él/ella. Para determinar si se desenvolverá de manera responsable y que obtendrá los mayores beneficios del viaje”.

El que escribe este blog, dueño del nombre más bello de este mundo (es broma y anécdota de este viaje, no se la vayan a creer; nuestro maestro en Vancouver: “Para finalizar la clase, quiero decirles algo. Todos ustedes tienen nombres hermosos, pero nadie como – ahí revisa la lista – Juan Carlos García Valdés”, jajajajaja) es, además de bloguero, gruñón y rey de los pickies, docente de inglés, y entonces cabría preguntarle, siguiendo el planteamiento de Erick: “Mí mismo, ¿hubieras escogido a tus alumnos y alumnas que fueron a los United?” Respuesta salomónica: a unos sí y a otros no, que es como decir que no estuvo mal la selección, pero que dejaron en tierra a algunos delanteros y algunas delanteras de gran nivel.


Necesidades específicas

Ahora bien, ¿qué pasaría si nos hubieran enviado no nada más a un curso de inglés general sino a uno mucho más enfocado a nuestras necesidades específicas? Esto es lo que plantea Ingrid: “Sería bueno que la estancia pudiera centrarse no sólo a ir a practicar el idioma, sino quizá para el desarrollo de conocimientos, enfocado a la carrera que se está estudiando, eso retroalimentaría en gran medida el viaje, y sería no sólo con fines personales, sino de aportar algo a nuestro país, una vez concluida la estancia”, que es, por ejemplo, lo que se busca con las becas de CONACYT.

Imagínate Mayra si en lugar de que te metieran a un salón donde reinaba el verbo to be, te hubieran llevado a uno en el que los temas fueran relacionados con la danza o que a ti, Ingrid, te hubieran buscado un curso ligado al derecho internacional o que a Erick y a mí nos hubieran llevado a Tim Hortons todos los días a degustar el café, las donas y los panquecitos (“de hecho, sí fueron todos los días, par de comelones”) para poner a prueba que en la Facultad de Lenguas había buena lengua y buen paladar.

Ahora que hablamos de necesidades específicas, recuerdo como contraste las palabras de cierta persona que trabajaba en la escuela de idiomas a la que llegamos (me reservo el nombre de mi fuente): “Es que nos tienen sorprendidos; como venían de México y por parte del gobierno, creímos que todos tenían un nivel básico, pero varios tienen un nivel avanzado”. ¿Cómo hacer pues para empatar las visiones de los alumnos, maestros, del gobierno e incluso del país receptor? Ya saben que en este blog más que una respuesta firme y determinante, hay una apertura al diálogo y a las ideas diversas. La educación es una conversación y en una conversación no se impone, sino que se va confeccionando el tema hasta haberlo agotado o hasta haberlo destruido o hasta hacer que resurja.


Coincidencia innegable

En algo sí coincidimos todos y es en el hecho de que la estancia resultó muy corta, y no nos referimos aquí a la estancia de mi casa, donde escribo esta entrada, sino al número de días que permanecimos en Vancouver. Mayra comenta: “si no estás muy familiarizada con el inglés; un mes es muy poco para aprenderlo en otro país” e Ingrid remata: “sería bueno ponderar que la duración de las estancias sea mayor, porque sólo así se aprovecha de manera significativa el viaje, y además se ve reflejado un mayor aprendizaje; una duración de tres meses sería aceptable”.

Yo, en torno a este aspecto, ¿qué les cuento? Que al principio despotriqué contra la ciudad de las playas y los jardines botánicos, pero que ya al final no me quería regresar. Y en cuanto al inglés, coincido con mis acompañantes de viaje: 30 días es nada, apenas un atisbo o un esbozo.


Académicamente hablando, ¿qué fue lo mejor y qué fue lo peor de Vancouver?

“Lo mejor”, comenta Ingrid, “fue conocer otras técnicas de enseñanza, profesores de otro país, la interculturalidad entre los alumnos que eran de distintas nacionalidades, y el enriquecimiento cultural en las aulas y fuera de ellas con los compañeros”.

Para Mayra, “lo mejor de esta estancia es haber convivido con personas muy interesantes y, sobre todo, todas comprometidas por este idioma; reconozco que su conocimiento sí me incentivó a querer aprender un poco más, sólo que entre mis intereses aún no lo veo indispensable”.

Erick, que también es maestro de inglés, como yo, revela: “Académicamente debo confesar que me robé algunas dinámicas que usaba nuestro teacher (no puedo creer que ya no recuerde su nombre). Me gustó mucho que siempre que era posible nos ponía a trabajar en equipo y es algo que continúo haciendo con mis grupos”. A lo mejor para futuros maestros de inglés, el viaje sí está que ni mandado a hacer, aunque yo recuerdo haber ido a platicar con el director y con el coordinador del centro de idiomas de la calle Nelson sobre lo ilógico que me parecía que al tener cafés, restaurantes, cines y muchos otros lugares a cien metros a la redonda, todo se llevara a cabo en el salón de clases.

Para mí, lo peor de Vancouver, académicamente hablando, fue que las clases, en general, me parecieron tan malas y monótonas como la mayoría de las clases en Mexicalpán de las Tunas, los Duraznos y el Ajonjolí, con algunas excepciones muy loables. Desconozco si mis interlocutores coincidan, pero al menos Ingrid cuenta una anécdota interesante, que tal vez no haga referencia a la calidad de las clases en sí, pero sí a factores que pueden influir en ellas.

“En lo personal me sucedió algo curioso”, dice Ingrid. “En un inicio me ubicaron en un grupo de inglés intermedio, (…) pero como los compañeros eran adolescentes, el profesor esencialmente empleaba técnicas de juego, y no me sentía cómoda por ello, así que estuve una semana en ese grupo. Después pedí que me cambiaran de grupo, a un nivel igual intermedio, pero donde las clases eran más serias, sin tantos juegos, y con compañeros que eran de mi edad; entonces aquí me sentí cómoda, pero acababa muy rápido los ejercicios, y mi progreso fue muy rápido, así que el profesor platicó conmigo, me dijo que veía que avanzaba muy rápido y consideró que era mejor cambiarme de grupo, a un nivel de inglés avanzado, así que igual sólo estuve una semana en ese grupo”.

O sea que no sólo tiene que ver la selección de los alumnos, sino también el grupo al que llegues, sus características, las dinámicas empleadas por el profesor, la interacción entre los alumnos y muchos factores más, como, por ejemplo, la familia con la que te toque hospedarte, pues las hay de 10 y las hay de vámonos mañana mismo.


La convivencia

Algo que no termina por convencerme del todo de estos viajes a Vancouver y compañía, se los digo con total honestidad, es que las nacionalidades literalmente llaman a los suyos, no en todos los casos, pero sí en muchos. Me refiero al hecho de que los japoneses se acaban juntando con los japoneses, los franceses mayoritariamente con los franceses, los de Ecatepec con los de Ecatepec y los de Coacalco con Erick, Mayra, Ingrid y conmigo. Por cierto, ¿dónde quedó el buen Víctor, mi roomie precisamente de Coacalco?

Por el contrario, el contacto con los nativos del inglés es esporádico o fortuito. Muchos dirán, JC, pero ¿qué dices?, si estaban en Canadá y con familias canadienses. Pues sí, pero con los que convives principalmente es con los otros alumnos extranjeros y los miembros de la familia de la casa donde uno se hospeda muchas veces no están o si están, como mi adorada Rosalia, lo digo en serio, se la pasan cuatro o cinco horas hablando por teléfono con sus familiares de la Toscana (Aun así Rosalia y a pesar de las hormigas en la cocina, ¡cuánto te quise!!!).

My best friend forever and ever lo señala con lujo de detalle: “Dejando de lado el tema académico, creo que las experiencias más enriquecedoras las tuve fuera de las aulas, con mi grupo de amigos, básicamente todos éramos mexicanos, pero el mayor aprendizaje creo que lo tuve así, en un contexto de la vida real, donde haces tu vida normal, y entonces ahí es donde verdaderamente aprendí, me enriquecí, al conocer otra cultura, otra forma de vida y de pensar”.

Y ya que hablamos de mexicanos, déjenme  traigo a colación la anécdota de cómo conocimos a otro mexicano más, precisamente en Canadá, pero proveniente de nuestra misma ciudad, bueno, casi vecino de mi tía. ¡Qué pequeño es Edmundo! (voz susurrante: “el mundo, no Edmundo”; pues yo tenía un compañero en la primaria con ese name y era realmente pequeño). Resulta que en la primera o segunda semana de nuestro viaje, tomamos una de las excursiones de la escuela, ni más ni menos que a Lighthouse Park. La travesía en autobús duró aproximadamente una hora y ya que estábamos ahí, comenzamos a caminar hacia la costa. El paisaje para los que nunca han ido es maravilloso. Y para los que ya fueron también es maravilloso; o sea, ni modo que el parque esté cambiando sus veredas y sus vistas a razón de si uno es cliente frecuente, visitante asiduo o vagabundo esporádico. ¡No me desvíen de lo que les quiero relatar!

Mientras caminábamos, notamos que cierta compañera no había escogido precisamente los mejores zapatos para un lugar así. En fin, no le dimos mucha importancia. “Nos tardaremos un poco más”, pensamos. “Eso será todo”. Y eso hubiera sido todo si la susodicha persona, que no es ninguna de las invitadas del día de hoy, hubiera tenido la prudencia de no subirse a las rocas junto al Océano Pacífico con sus megatacones, pero pues hay días en los que uno amanece envalentonado y nuestra apreciada acompañante dijo: “Agua va”, y literal, como si las olas se hubieran enfadado y el océano enardecido, tan pronto como inició su travesía tan surrealista, el mar decidió ponerla a prueba. Ella resbaló y casi se nos va, pero todavía alcanzó a soltar un bellísimo: “Por lo menos salven mi iPad”, ante lo cual, parece ser que hubo consenso unánime, si es que esto no es ya un pleonasmo.

Entre el desconcierto de algunos y las sesiones de fotos de otros, que apenas si se inmutaron, de pronto nos encontramos de frente con una persona alta y de acciones amables. Comenzamos a hablar en inglés y resultó que era de México. Le pregunté la ciudad y resultó que coincidíamos. Le pregunté el código postal y por poco es el mismo. Ahora es un excelente amigo mío y no sólo valoro su calidad humana, sino también su disposición para hablar siempre en inglés, pero no está de más, en otros casos, no en este, claro está, seguir lo que dice Mayra: “Otro punto a resaltar es que, si tienes la oportunidad de elegir el país y eres centroamericano o sudamericano, elijas un país en el que los habitantes nativos de tu misma lengua sean muy escasos, para que te sea imposible hablar tu lengua natal y te obligues totalmente a comunicarte en inglés”. Afortunadamente nuestro nuevo amigo vancouveriano/mexicano fue el primero en hablarnos siempre en inglés, pero lo que dice Mayra es cierto. Mejor irse a Glasgow o Auckland, porque en el metro de Vancouver los trending topics son el último juego de Monarcas Morelia y la forma adecuada para preparar cabrito.


¿Y a todo esto sí hubo avances o sólo mucho ruido y pocas nueces?

Mayra indica que el inglés y ella no se llevan muy bien. Ingrid, mientras tanto, señala: “En el sector académico sí lo he empleado, me refiero en concreto, cuando cursé una maestría que duró dos años (del 2015 al 2017), sí lo empleé, principalmente para hacer algunas investigaciones, y lo que puse en práctica fue la lectura”. No obstante, mi abogada favorita puntualiza: “No considero que el viaje por sí solo haya tenido un impacto significativo para que el día de hoy tenga un avance en el idioma; creo que me he mantenido en el mismo nivel”.

Erick destaca la dificultad para saber si ha avanzado o no: “Como maestro de inglés es difícil notar una diferencia o avance, ya que lo uso todos los días, pero si lo pienso a conciencia yo creo que sí. La única manera de probarlo sería saliendo de nuevo al extranjero”.

Yo, mientras tanto, me inclino a pensar que desde aquel entonces avancé mucho y, ciertamente, cambié mi manera de practicar, priorizando una práctica mucho más comunicativa y libre.


¿Sale la apuesta?

¿Le salió la apuesta al gobierno mexiquense al mandar a diez beldades a las cercanías de la peligrosísima Surrey y a los alrededores de la impresentable calle Hastings? Van a decir que “a quien le dan pan que llore” (yo ahora mismo me estoy comiendo una concha de chocolate que Santa María), pero sabiendo lo que sé y habiendo visto lo que vi, me decantaré por el no, como también optaría por la negativa si me preguntaran sobre el famoso programa Proyecta 100,000.

“Lo bebido, lo bailado y lo comido no te lo quita nadie” (pregúntenos por todo lo que nos empacamos en las 652 sucursales de Tim Hortons), y como experiencia personal y para hacer amigos Vancouver acabo siendo muy grato. Sin embargo, en materia lingüística los cambios producidos, al menos desde mi punto de vista, no ameritan la inversión.

Estancias más prolongadas, cursos enfocados a necesidades específicas, menos aula y más Tim, y el diseño estratégico de encuentros con nativos: todo esto podría contribuir a que cada centavo invertido por el gobierno pudiera verse reflejado en niveles cada vez más altos de inglés.

Por lo demás, la telefonista seguirá marcando, a veces omitiendo a los que lo tienen como verdadero anhelo, y la gran mayoría seguirá diciendo que sí, aunque esta vez la oferta no incluya conocer a Mayra, Ingrid y Erick, con lo cual, me temo, y lo digo en serio, que buena parte de las bondades del viaje no estarán ahí.

Y para los que piensan que el día que el gobierno les dé una beca para irse un mes a Canadá, Estados Unidos o Malta, ese día sí su inglés mejorará, me permito aconsejarles lo siguiente: pónganse las pilas aquí mismo, en su país, y si el viaje llega, bienvenido y a disfrutarlo; pero si no, tampoco es el fin del mundo.

Vancouver sí era el fin del mundo o así me lo parecía cada tarde cuando subía por la Holdom Street hacia la casa de Rosalia. “¿Qué habrá detrás de esas montañas? ¿Qué habrá si uno se sigue derecho?”

Síganse derecho con su inglés, a ver qué encuentran.


Agradecimientos

Gracias Ingrid, gracias Mayra, gracias Erick, por su calidad humana y por sus aportaciones. Ha sido todo un reto para mí escribir esta entrada y espero no haber dejado mucho afuera. ¡Que Dios se los pague con muchos cafés del Tim Hortons y con muchos días como los de Grouse Mountain y Deep Cove!


Manos a la obra

¡A aprender, a viajar, a abrazar la interculturalidad y el fin de la rutina tediosa!


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jueves, 8 de marzo de 2018

El dinosaurio y el arte de curiosear y aprender


Juan  Carlos García Valdés

Sobre el cuento de Augusto Monterroso intitulado El dinosaurio se han escrito cientos de análisis y artículos. Hay en sus siete palabras un aura que, como sucede en las grandes obras, admite todas las interpretaciones necesarias, pero no cualquier interpretación. Recuerdo, incluso, el chiste que alguien alguna vez me contó sobre la mujer inculta a la que le preguntaban si ya había leído el microrrelato del escritor guatemalteco, a lo que la fémina respondía que había empezado “ayer por la noche”.

Si El dinosaurio fue durante mucho tiempo el microrrelato más breve en lengua española, y de los que llegaron a la final probablemente uno de los pocos que vale la pena, la susodicha dama debe ser, sin temor a equivocarnos, la durmiente más rauda del orbe y no es complejo imaginar su respuesta ante el siguiente cuestionamiento:

¿Ha leído Luis XIV de Juan Pedro Aparicio?

Respuesta: Empecé ayer, pero me quedé a la mitad.

¿Y?


Las enciclopedias de 27 tomos

Me imagino que muchos de mis lectores habituales deben estar ahora mismo preguntándose por qué he escrito todo esto. “¿Y…?”, dirán, como quien toma Luis XIV, lo divide en dos y vuelve pregunta retadora a la mitad favorita.

Esta vez se las he puesto un poco más difícil (una investigación adecuada de menos de dos minutos les permitirá entender todo lo anterior), porque a menudo cuando se ponen las cosas difíciles es cuando aprendemos y avanzamos; por el contrario, cuando nos ponen todo en bandeja de plata, frecuentemente desaprovechamos y valoramos muy poco.

Cuando era niño – yo durante algún tiempo fui párvulo – no había internet. De verdad, no había nada de nada. Y entonces, los lectores más viejitos, de la época de Monterroso, podrán atestiguarlo, cuando uno quería aprender algo, había principalmente dos opciones: o se iba uno a la enciclopedia de veintisiete tomos o le preguntaba uno a quien estuviera a la mano.

Buscar en la enciclopedia física tenía su encanto, sus limitaciones y sus trucos. Recuerdo haber estado buscando por varios minutos algún concepto que me habían dejado en la primaria, sacar primero un tomo, darme cuenta de que ese no era el adecuado, regresarlo a su lugar, intentar con otro y otro más, para terminar gritando: “Papá, mamá, ¿cómo encuentro la tercera ley de Newton?” “A cada acción siempre se opone una reacción igual” y a mi grito de auxilio siempre se le oponía un “Ya voy. Ahorita te ayudo”.

Eso era antes, les hablo de los noventas, y ahora la situación es muy distinta. Tal vez el hecho de haber tenido que buscar así las cosas me hizo valorar la presencia de internet, esa que tantos dan por sentado. De un panorama donde la búsqueda era manual y a veces tediosa pasamos a una realidad en la que la búsqueda es inmediata, aunque, por lo mismo, constantemente poco significativa.

Al poder buscarlo todo y al encontrar prácticamente todo, el encanto del descubrimiento ha quedado en pura nostalgia y ahí donde la búsqueda daba paso a una buena plática o a una buena tertulia o a una buena lectura, el sondeo moderno da paso casi inevitablemente a un cúmulo de memes y videos que nos desvían de nuestro cometido.

El mundo se ha vuelto por lo tanto más ruidoso, pero al mismo tiempo más silencioso: ruidoso por la cantidad de distracciones existentes, cantinela que evita la concentración; y silencioso porque ya prácticamente no existen las pláticas, sino monólogos simultáneos en los que lo que importa es exponer, fanfarronear y despotricar, aunque casi nadie nos ponga atención. Bienvenidos al mundo donde supuestamente hay mucha libertad de expresión, pero donde realmente hay poca voluntad de comprensión. Bienvenidos al mundo donde impera la distracción, pero se carece de curiosidad.


Indagar y curiosear

Cuando se ponen las cosas difíciles y uno empieza a indagar, uno aprende. De pronto, los lectores que no tenían idea alguna de Tito Monterroso ni de El Dinosaurio ni del género mismo, si ya hicieron su breve investigación, aprenden algo. Andar de curiositos a menudo trae sus dividendos y en el campo de los idiomas, el inglés en nuestro caso, ambas acciones son fundamentales.

Recientemente, en una plática que tuve (yo a veces todavía tengo ese tipo de intercambios), una persona que no es ni teacher ni traductor ni intérprete dijo: “La mejor manera de ir conociendo las palabras es a través de los libros. Vas leyendo y si no te sabes algo, vas al diccionario. Una y otra vez. Una tras otra”.

Es verdad que yo en varias ocasiones he recomendado tratar de entender el significado de los vocablos por medio del contexto. Sin embargo, y ese es tal vez uno de los encantos de las conversaciones que el internet difícilmente tiene, la apreciación de mi contertuliano me hizo ver un nuevo horizonte y una manera nueva de aprender más y más, sobre todo ahora que el viaje al amansaburros implica simplemente un movimiento de dedos y un click.


Apatía

“Cuando despertó”, sin embargo, la flojera “todavía estaba allí”. Es triste que a pesar de que ahora tenemos todos los medios para aprender, los aprovechamos realmente poco. Imagínense un mundo sin Ted Talks, YouTube, WordReference, EngVid, iTalki, Duolingo, Memrise, ELLO, UrbanDictionary, Gutenberg, BBC en línea, Netflix, podcasts y cien mil recursos más. Pues igual sin todo eso, nuestros antepasados aprendían inglés y otros idiomas. Imagínense lo que hubieran dado por tener acceso a estos materiales y a estas páginas.

La paradoja radica en que el bien siempre viene acompañado del mal y así como ahora tenemos acceso a Duolingo, también tenemos acceso a Angry Birds y por cada TED hay un Candy Crush y con el advenimiento de la red vino también la necesidad de cazar pokemones y por cada palabra que podríamos descubrir el día de hoy hay también, esperándonos, cien memes y cien jueguitos inconsecuentes.


Paradojas

El mundo está hecho de paradojas y los idiomas no son la excepción. Entre más avanzamos, más dudas nos surgen. Entre más progresamos, menos seguros nos sentimos de algunas cosas: de la pronunciación de una palabra, de la viabilidad de usar un verbo en determinado contexto, de cómo seguir nuestro camino. Por el contrario, los que saben poco se muestran seguros de su “Hello, how are you?”, aunque al terminar la frase se terminen también las posibilidades de su escaso repertorio.

El mundo está hecho de paradojas y para muestra el botón del inglés que deja de pronunciar un sinfín de letras, sobre todo las que llegaron al final como en come y gone, y sin embargo le da cabida a otras que ni vela tienen en el entierro como en segue.

El mundo está hecho de paradojas y ahí donde existe la prueba de que se aprende por interacción, los sistemas educativos del mundo se empeñan en instruir, con lo cual sólo destruyen, en enseñar, con lo cual sólo muestran sus carencias, y en explicar, con lo cual sólo manifiestan lo poco que los eruditos y expertos saben del tema. Es decir, paradójicamente saben mucho, pero no han logrado aprehender lo más importante.

Y por si nos faltaran pruebas de lo paradójico que es este mundo ahí está todavía El Dinosaurio, siete palabras sobre las que se han escrito miles de páginas, mientras que sobre centenares de volúmenes obesos casi nadie escribe nada.


Andar de pata de perro

Para aprender hace falta indagar y curiosear, pero también hace falta andar de pata de perro. Recorrer, viajar, perderse un rato nos ilustra en dos sentidos: en la geografía del mundo y en la geografía personal. De pronto, descubrimos paisajes que creíamos inexistentes y maneras de ser que no habíamos manifestado. De pronto, en el trayecto entre una ciudad escocesa poco famosa y Embra Castle o en el recorrido de Burnaby al centro de Vancouver o en la caminata al lado del Thames, nos surgen nuevas interpretaciones y nos damos cuenta de un léxico que antaño parecía remoto. De pronto, viajar y aprender se vuelven sinónimos.

Para viajar, sin embargo, no siempre hace falta moverse. Uno puede viajar por los libros, por las enciclopedias, por los diccionarios, por Google Maps, por los recovecos de nuestras imaginaciones y por las veredas abiertas por el brío mismo del aprendizaje.

Viajar es sinónimo de aprender, pero no de moverse. Los hay quienes se han movido infinitamente por el mundo y nunca han viajado realmente, nunca han aprehendido, nunca se han perdido. Y existen, por el contrario, aquellos que a través de la lectura, los relatos y la imaginación conocen el Palacio de Buckingham y la Plaza de Tiananmén.

Lo mismo sucede con muchos lectores que no admiten pausa alguna y que por leer tanto no entienden nada. Van por los libros como aquellos que van por el mundo sólo en busca de sellos para el pasaporte y no de experiencias que resulten memorables para toda una vida.

En los idiomas pasa igual y el inglés, por supuesto, no es la excepción. Hay quienes aprenden para presumir, para competir o para ponerlo en el currículum y hay quienes aprenden porque descubren la necesidad de expresarse y comunicarse en una lengua que no era de ellos, pero que termina siendo de ellos.

Y luego está el dinosaurio, que dice que hoy no tiene tiempo, que hoy no tiene ganas, que hoy no tiene los recursos, que hoy no tiene nada, que mejor hoy no hay que hacer nada y mañana tampoco, pero que ya vendrá otra vida y que seguramente le pasará lo mismo y que a la séptima o novena reencarnación, dependiendo del idioma, entonces sí, se pondrá las pilas. “Es sólo que hoy amanecí sin ganas”.

Me morí siete veces y “cuando desperté, el dinosaurio todavía estaba allí”.


La última paradoja

En la vida, las paradojas se suceden unas a las otras y, a veces, cuando uno disfruta tanto el haber escrito una entrada, como la del día de hoy, también se da uno cuenta de que está a punto de llegar a las 100 entradas y que cuando eso suceda no quedará más que decir adiós al blog y darle paso a otros proyectos.

Nos quedan tres entradas por compartir y lo disfrutaré como si fuera la primera vez.


Manos a la obra

Curiosea, indaga, viaja, pregunta, lee, descubre, descúbrete, platica, aprende porque quieres y no porque te lo imponen, aprovecha los recursos que tienes a la mano y a la gente que tienes cerca, no te des por vencido o por vencida y no creas que lo sabes todo.

Siempre habrá un nuevo descubrimiento y una nueva perspectiva. Siempre habrá una nueva motivación y una nueva necesidad. Y siempre habrá dinosaurios, pero tú no quieres ser uno de ellos.

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